lunes, 3 de julio de 2017

SUEÑOS ROTOS






SUEÑOS ROTOS

   En Málaga, algunos polígonos industriales han destapado un mercadeo de cuerpos en venta. Jóvenes del otro continente traspasan el umbral marítimo en una búsqueda continua de estabilidad material. La carencia de empleo y la precaria situación económica de estas hijas del trasiego (familiarmente prostitutas) han creado una colonia de mujeres sin más horizonte que un cuerpo joven para llenar el tiempo y el peso de las horas.

   La competencia real hacia otras mujeres proclives al consumo de estupefacientes, hacen de estas amazonas del condón un reclamo fácil y exótico. Aires de selva virgen y arena sahariana se entremezclan en una piel de ébano con andares de gacela núbil entrenadas para la lucha. El azúcar quemado amarga por un problema complejo y deshumanizado.

   Las fronteras se han desbordado y los márgenes diluidos de los territorios acogen a gente extraviada y aventurera. La aventura de vivir se convierte en moneda de cambio donde los estraperlistas nunca devuelven el género cuando éste no está en condiciones. El lecho marino es un cementerio de cuerpos desarraigados, y los parajes del extrarradio urbano son mujeres de cuerpos ardientes con sueños cortos y húmedos. Recordando que todo sigue igual. Que es preciso endurecerse. Sacudirse del alma los desmayos y seguir adelante. Latidos de inocencia enlazados al barro y la fatiga.

   Vivir es complicado para estas mujeres cacheadas por el hambre. Un perpetuo movimiento que en vez de progresar en línea recta lo hace circularmente. Un círculo cerrado con el espectro del infortunio en el interior. El itinerario de estas chicas está marcado por el trayecto de un billete. “La vida es tan amarga que abre a diario las ganas de comer”, dijo Jardiel Poncela. Aquí el apetito luctuoso del placer está aherrojado por la necesidad y la supervivencia. 

   “Errar es de hombres (y ser herrado, de bestias o esclavos)” dijo Don Francisco de Quevedo. El error de estas chicas está disculpado por la ingenuidad y la desesperación de las mareas migratorias. Deambulan de una tierra a otra sin encontrar acomodo ni reposo. El paraíso prometido es un vergel inhóspito y sin recursos. Porque el gran problema del siglo XXI no es la amenaza de una guerra nuclear, sino la batalla por ganar un trozo de suelo. En este caso, un espacio pequeño y propio para enraizar un palmito sujeto a las vicisitudes de la oferta y la demanda.

   África, el gran continente virgen y atleta, exporta género para el trabajo forzado de una carretera. Mi añoranza por la tierra que me vio nacer disminuye cada día con las risas extraviadas de estas jóvenes. Risa congelada en un rostro de ébano curtido por la desdicha.

ROSA MARÍA VERA