domingo, 19 de junio de 2011

MAR ADENTRO II






MAR ADENTRO II

 
El mar está en calma como la luna reflejada en un estanque y el sol lucha por salir cruzando la delgada línea del horizonte. Son las cinco de la mañana y el pescador lanza su caña al mar desde la orilla en una playa solitaria y lejana. No hay mucha profundidad y tiene que adentrarse un kilómetro hasta que el agua le cubre el pecho si quiere coger peces grandes que merezcan el día. Es mucha labor y con ilusión espera recobrar el fruto de su esfuerzo. Las lombrices están dispuestas en el anzuelo, vivas, con la energía propia de ser alimento de voraces viajeros del Atlántico.

Nos colocamos el equipo de buceo a sabiendas de que el frío nos hará temblar al zambullirnos tan temprano. No hay nada como el amanecer en el mar para recobrar el pulso de la naturaleza. No hay nada como sentir el latido acelerarse con la emoción salpicada en nuestra sangre. Mi hermano y yo saltamos desde la barca como peces juguetones abriéndose camino por los recovecos de las rocas. No llevamos protección, y nos confundimos con saurios marinos adentrándonos en las entrañas de la tierra.

El hombre siente un tirón en la caña e irrumpe en improperios contra las piedras que obturan los anzuelos. No puede recoger el hilo y éste se tensa obligándole a soltar carrete si no quiere perder el plomo y quedarse sin los gruesos ganchos que tan minuciosamente dispuso para la pesca. Vuelve a sentir una fuerza descomunal que pretende arrancarle el brazo, y tiene que descansar y seguir recogiendo el sedal lentamente. Algo ha picado al otro lado de la caña, pero no puede ser tan grande, -imposible-, ¿cómo pretender que no sea una roca atrapando a un simple mortal?

Hay gran variedad de peces de colores y las medusas succionan nuestra piel cuando chocamos contra las enormes aristas de las profundidades. La arena del fondo es densa y blanca como las colinas del desierto, y no resistimos la tentación de coger moluscos. Caracolas, cangrejos, y algún que otro centollo pululan confiados por su territorio; y emocionados, nos descubrimos ante el mar igual que súbditos ante su rey. Somos primogénitos de una vida que empezó en su seno y volvemos a él redescubriéndonos a nosotros mismos.

(Y nunca sabremos si el duelo de vivir eran lágrimas vertidas al mar, y el consuelo de pertenecerle)

El pescador sigue en la lucha por no romper sus aparejos de pesca. La caña se arquea tanto que el hilo le hiere provocándole profundos cortes en su mano. Y mientras la sangre corre por su muñeca sin sentirla ni sufrir por ello, piensa que es un dios menor persiguiendo su destino. Ya sabe que es un depredador quién muerde el anzuelo; ya conoce los efectos devastadores del enorme pez que lucha por sobrevivir, y sigue recogiendo el sedal muy lentamente para evitar que se rompa de un brusco tirón y desperdiciar así la intensidad de luz, la armonía y la lucha en un día afortunado.

Salimos del mar ateridos de frío, vislumbrando una sombra oscura que sale del agua con la aleta dorsal cortando las suaves dunas de las olas. Va zigzagueando por la superficie, y vemos al pescador partirse el alma por intentar sacar la pieza del mar. Del esfuerzo su pecho chorrea sudor, y sus manos agarran la caña intentando cruzar la orilla arrastrando consigo al enorme escualo. Tensa el hilo, y vuelve a recogerlo una y otra vez, con parsimonia, con la cara descompuesta por el esfuerzo, y con el dolor propio de la lucha persecutoria del monstruo.

Poco a poco el enorme pez va rindiéndose al pescador y su cuerpo queda varado en la arena. Acudimos en su ayuda y con arpones lo arrastramos fuera del agua. El escualo pesa algo más de 15 kilos -un marrajo de color pardo y dientes afilados- que muerde el anzuelo voraz intentando partirlo. Pero es en vano, y la victoria del rudo pescador sobre el mar es nuestra victoria.

(Y nunca sabremos si el duelo de vivir eran lágrimas vertidas en tu nombre, padre, y el consuelo de sabernos hijos de tu sangre)



ROSA MARÍA VERA

miércoles, 8 de junio de 2011

MAR ADENTRO





MAR ADENTRO

 
Notas como la corriente te aleja de la orilla sin llevar una brújula que domine el infinito horizonte de la playa. Fuerzas las piernas y las aletas pesan sobre tus tobillos con un lastre que intentas resistir avanzando deprisa y sin aliento. El cielo está encapotado y las olas se estrellan contra las rocas manipulándote como una muñeca de feria. Las aristas son cortantes y sin el traje de neopreno estás acorralada frente al mar y su furia. Eres la única y estás sola, aunque haya buceadores amarrados a sus boyas buscando lo mismo que tú, la soledad del luchador en un medio difícil, alejado de la tierra, adivinando quizás su origen de vida.

Más importante que la pesca es la inseguridad de vivir al borde del abismo. Se acelera el corazón cuando contemplas los peces en el maravilloso mundo que se abre hacia ti, donde no vislumbras el fondo y donde piensas que hay terribles fieras que devoran a seres indefensos y trágicos en su destino. Es la orgía del peligro que corre por las venas sin que puedas frenarlo; es la muerte instantánea si una burbuja se adentra en tu pecho y la respiración se paraliza con un toque fatal; es el mar que te agarra con fuerza y te hace presa porque ya no puedes prescindir de él.

Y no sabes si eres una diosa frágil o una mujer poderosa

Sale una morena de su cueva y la tienes a punta de fusil, pero no haces nada porque no puedes calibrar el disparo y no sabes si el fallo puede volverse en tu contra. Pasan doradas como flechas y es imposible perseguir su estela por los interminables recovecos de las rocas. Un mero se posa frente a ti en aptitud confiada, mirándote con ojos miopes -mientras disparas olvidándote quitar el seguro de la escopeta- y huyendo al final cuando maldices tu mala suerte.

Una jibia navegando entre dos aguas sale de tu menú y un pulpo suelta su tinta impidiéndote ver su escondite. La sangre sigue su curso y tu respiración está tan agitada que sientes el silencio como un muro infranqueable. Porque es el silencio lo que impresiona tu alma, el submundo de otra dimensión que proviene del mar; la otra cara de la vida que emerge de un tiempo remoto y que recoges en el espacio actual de la arena. El rugido de las olas no quita el martilleo sobrecogedor de estar en el espacio leve de una pluma en un vendaval.

Y no sabes si eres una diosa frágil o una mujer poderosa

Es la tormenta interior, la fascinación del buceo, y el paisaje colorista lo que ambicionas, si no sintieras miedo. Ése miedo que hace fuerte porque embruja y atrae cuando los sonidos se hacen indelebles y tan sólo escuchas los latidos de tu corazón. La pasión y el ardor del frenesí amortiguado por el sentido común sin sentido, donde tienes que luchar y sobrevivir nadando, sumergiéndote con apnea, tu recurso de vida; sin pulmones casi y con ellos insuflándote energía. Y sigue el pulso vibrando mientras disparas y ensartas un pez en el arpón. Tu alimento más anhelado, el trofeo que añoras porque sientes que la vida es tan intensa que la muerte ya no es su final.

Y sueñas y vives en la selva del hombre ancestral cuando domina el terrible abismo; cazando y pescando desde la cueva marina con el arma guerrera del mar; de las olas y el ayer; -¡oh padre tu mar!- siempre ahí esperándote; profundo e inmenso, donde el misterio te hace suya, subyugando y enamorando tu piel de diosa frágil y mujer poderosa. Porque eres tú, padre, quién desde la otra dimensión, inventaste el único camino, la última palabra en una noche fría y silenciosa.


ROSA MARÍA VERA

domingo, 5 de junio de 2011

MUSEO THYSSEN





El Palacio de Villalón donde se ubica la colección Carmen Thyssen en Málaga es un hermoso edificio renacentista estructurado en tres plantas donde destaca la riqueza de sus artesonados y la frescura musulmana. Reconozco que nunca me deja indiferente la colección Thyssen Bornemisza, ya sea en Madrid o en mi ciudad, su toque elegante y el exquisito gusto de su decoración.

Quizás si tuviese que elegir un cuadro me quedaría con un fascinante paisaje de montaña del maestro Carlos de Haes. Sólo una objeción para mi gusto particular: los marcos grises que intentan dar una impresión de viejos y antiguos sin conseguirlo. Las increíbles marinas de Manuel Barrón y Carrillo (Vista del Guadalquivir) no merecen semejante bodrio de entorno.

También resulta un tanto extraño la diferencia de temperatura en el salón de los maestros antiguos, -frío mortal-, respecto a las otras salas, donde según me informó el personal de seguridad la humedad roza los 20 grados. No lo dudo, pero sí dudo que el sistema funcione por igual en salones con diferente orientación.

Hay que alabar la tarifa de precios de entrada al museo con descuentos que son de agradecer para un público demonizado por el paro. Pensionistas, niños… todos tienen un hueco, y ya era hora de que el museo Picasso tuviese un rival de categoría. Porque puestos a comparar, éste se queda corto y olvidado, quitándose las ganas de regresar después de ver un edificio soso y una exposición escasa y sin interés. Expectativas ampulosas sin creatividad organizadora e ilusionante.

Thyssen es otra cosa. Hay glamour, calidez y estética, clase y 'savoir faire' allí donde el arte reivindica su luz eterna.



ROSA MARÍA VERA