domingo, 2 de noviembre de 2014

LA EDAD DEL AMOR





LA EDAD DEL AMOR

   El amor no tiene edad y eso lo saben bien quiénes llegan a una edad y siguen enamorados de la vida, y lo que es más importante, de otro ser humano. El envejecimiento no es sinónimo de abandono, ni de una retirada discreta a un hogar del jubilado. Que no está mal, pero que hay otros campos por descubrir cuando se llega a esa edad ilusionante de no preocuparse por el futuro, sino de vivir un presente cada día más misterioso.


   El misterio es fruto de la fantasía, y a medida que maduramos y envejecemos, no debemos dejar de lado la imaginación para crear un entorno agradable y dedicarnos a actividades que en el pasado estaban vedadas por el trabajo y por una dedicación plena a la vida familiar. Ahora ya pasó el tiempo de limitaciones económicas y personales por un horario laboral, hay que ajustarse el reloj del ocio y que el mayor viva con plenitud su merecido descanso.


   Y ese merecido paraíso lleva enlazado el amor hacia una pareja, y si no se tiene, nunca tirar la toalla si todavía hay resquicios y fuerzas para vivir con autonomía el recuerdo imborrable de un beso, una caricia, o el abrazo del ser querido. Amar es reencontrarse con la adolescencia, sentirse vivos, y que el pálpito de nuestro corazón siga la senda de una pasión calma pero duradera.


   La edad del amor no lleva impreso el sello del tiempo, no viene en ningún libro de medicina y ni tan siquiera en la Wikipedia. Si amar es comprender, empalizar con otra persona, y levantarse con el ánimo resuelto para emprender la lucha contra el tiempo, nuestros anhelos por el ayer quedarán resueltos en un presente esperanzador y vivo.


   Amar en la tercera edad no es ninguna quimera, y el cuerpo de la pasión puede resultar tan hermoso como el vuelo suave de nuestra imaginación. Es la fórmula mágica de una inteligencia sana ajena al protocolo de la edad.



ROSA MARÍA VERA


jueves, 9 de octubre de 2014

ÉBOLA


ÉBOLA


   Sólo nos acordamos de África cuando la muerte ronda sobre nuestras cabezas y danzamos como malditos tras el fracaso de un protocolo sanitario. Atrás quedaron los enfrentamientos entre hutus y tutsis, la desaparición de niñas o las guerras sangrientas entre tribus. Liberia es el principal foco de esta terrible enfermedad y España no ha sabido gestionar la repatriación de enfermos. ¿Pero acaso era necesario traer el virus cuando con los recortes apenas si hay dinero para trajes de protección?


   Pero eso sí, había que salvar a Excálibur de ser sacrificado porque el perro era el símbolo del bien venciendo al mal y de un liberalismo bonachón. Esto es la España profunda de una política inepta y de un sistema que repatría epidemias sin saber el alcance del problema. Los daños colaterales se lo achacan a una víctima humana, la auxiliar de enfermería, y si Excálibur se salva del ébola todos contentos porque al menos algo funciona en este país.


   Somos unos perroflautas, unos cantamañas y queremos que el progreso signifique enterrar a nuestros muertos con dignidad en suelo patrio, sin tener en cuenta la extensión del virus. Porque saber con exactitud cómo se produce el contagio, no se sabe, aunque intenten convencernos de que todo está controlado y que respirando el mismo aire, o tocando a un enfermo no es suficiente para contraer la enfermedad.


   Al menos Europa y EE.UU se han dado cuenta de que hay que combatir la raíz del problema en el continente de origen. África es la cuna de la existencia, el granero de la supervivencia mundial, y por ahora este granero está ardiendo y a punto de explotar. Quieren que nos lo tomemos con calma y aceptemos que no existe riesgo de epidemia en España. ¿Y nuestros padres de la Patria no pensaron en los riesgos de recortar una Sanidad de por sí tercermundista?


   Eso sí, si sacrificamos a Excálibur la conciencia nacional estará tranquila de que el perro no habrá muerto en vano. Aunque sigan desapareciendo niñas, se desangre un continente, y nosotros recemos a Santa Bárbara ahora que truena el Ébola. Si no es por el virus, a África que le den, y que el pulmón del mundo se vaya a freírse en su propio caldero.


   Es lo que hay cuando a uno le tocan lo suyo, el perro, y la supervivencia de nuestro trasero expuesto al aire ignominioso de las críticas.



ROSA MARÍA VERA

martes, 16 de septiembre de 2014

LOS NINIS





LOS NINIS

España es el país con mayor porcentaje de 'ninis' de la UE. “Ni estudian ni trabajan”, un colectivo que supera a los okupas desempleados, con la salvedad de que viven con sus padres. Y si vamos en el furgón de cola, todavía nos duele más que la juventud no conozca a Quevedo y sólo lean el wasaph como libro de cabecera. 


Según la OCDE, (Organización para la cooperación y desarrollo económico) uno de cada cuatro chicos y chicas de entre 15 y 29 años ni estudia ni trabaja. La mitad de los españoles entre 25 y 65 años no ha terminado el Bachillerato.  El 36% de los jóvenes de entre 25 y 34 años ha dejado los estudios antes de los 16 años. Algo impensable en la época actual, y "cuando el mercado laboral se deteriora, los jóvenes que hacen la transición de la escuela al trabajo son a menudo los primeros en encontrar dificultades". 


El problema es que en España, a diferencia de lo que ocurre en la mayoría de otros países, los ninis se encuentran en el paro; Frente a ellos, hay un 7% de jóvenes españoles (9% en la OCDE) que son ninis inactivos o superninis, que ya no buscan empleo.


La causa de este fenómeno hay que buscarla en la época dorada del ladrillo, esos años de principio de siglo que hicieron colgar los libros a muchos jóvenes, atraídos por la promesa del dinero rápido. La cultura en este país pasa por el clima, los bares, y una despreocupación por un futuro que se resquebraja como el hielo polar. ¿Y qué hace el gobierno? Nada. Luchar al igual que los británicos para que Europa sobreviva a los separatistas y mirar de lejos la Yihad islámica.


Provoca escalofríos este aumento de una extrema derecha internacional forzando los resortes para crear un enfrentamiento entre culturas, que haya racismo, y que el paro se sitúe en sus cotas más altas, para que luego venga un ‘salvador’ y nos meta en otra ‘guerra mundial’.


Los “ninis es un problema grave, pero aún es más peligroso esa mano negra que mece la cuna de un cataclismo económico para beneficio de un poder diabólico en la sombra.



ROSA MARÍA VERA


martes, 9 de septiembre de 2014

EL BURNOUT





EL BURNOUT

El burnout o “síndrome de agotamiento emocional” consiste en la sobrecarga laboral y la reducción de la capacidad personal de aquellas personas dedicadas al trato con la gente. Ya sean médicos, enfermeras, funcionarios de prisiones, auxiliares que trabajan en la ley de dependencia y que se mueven a diario entre las aguas turbulentas del sufrimiento ajeno.

Según la ONU, la población mayor de 64 años pasará de 523 millones en 2010 a 1.487 millones en 2050. Esta tendencia ha sido calificada como un “terremoto demográfico”, y  marca una conexión directa entre el envejecimiento y el aumento de la discapacidad en nuestros mayores por enfermedades que como el alzhéimer requieren de cuidadores que durante años se ven implicados en una ardua tarea. Difícil para ellos mismos y para su entorno, a quienes les afecta el trato irritable, la fatiga crónica, y otras alteraciones que repercuten en el núcleo familiar.

El estrés no forma parte del contrato de trabajo. El precio del burnout puede ser muy alto porque cuando la persona se ha instalado en el agotamiento emocional, ya no se siente capaz de dar nada de sí a los demás. Es un mecanismo de supervivencia, y afecta tanto al individuo como a sus seres queridos, al paciente, y a la Institución en la que trabaja.

Un modo de sustraerse al burnout es minimizar la implicación con los demás distanciándose de la gente. Algo así como “burocratizar” la  enfermedad y al enfermo, y dejar que el trabajador vea a los otros “a través de unas lentes manchada de herrumbre”.

Es importante la “descompresión” porque será imposible cuidar a los demás si en primer lugar no nos cuidamos a nosotros mismos. Y establecer unas fronteras diferenciando el trabajo del hogar. Mantener la intimidad, tener un espacio propio, y si convivimos con el enfermo, gestionar nuestra salud física y mental porque de ello depende que demos vida al ser querido sin morir en el intento.

La enfermedad es un huésped no invitado que debe ser incorporado a la vida familiar. (Rolland)

ROSA MARÍA VERA

viernes, 15 de agosto de 2014

EL FERIANTE



EL FERIANTE


   Desde mi atalaya, con esa mirada indiscreta, crítica, y lúcida que intento transmitir, quiero romper una lanza a favor de los feriantes. Aquellas personas que trabajan, luchan y se esfuerzan por conseguir que la gente se divierta y baile al compás de una feria ardiente y lujuriosa. Lujuria del arte, del sofocante calor, del flamenco más puro en la peña Juan Breva, y del tronío de los caballos en el Real.

   El duende de los malditos, de los descarriados y austeros vendedores ambulantes que se ganan la vida como caracoles, con su hábitat acompañándole en penurias y alegrías. Feria del descoque y la fanfarria, donde corre el vino cartojal por garantas resecas al sol y a un compás que sólo los más atrevidos se acogen hasta el amanecer. Feria de día y noctámbula en cortijos con aire acondicionado mientras en la calle se fríen los transeúntes como pollos acicalados, y señoritos que pasean sus reales pies por un Cortijo Torres cada vez más laureado.

   Porque el Centro Histórico se ha convertido en el antro de la juventud sin recursos, de aquellos jóvenes que beben y beben como peces en un río ahítos de sangre fresca. Sangre del descontrol, del bamboleo y de vómitos que vienen al atardecer tras la penumbra de una feria sin nombre. De una fiesta sin trajes de faralaes ni caballeros que rimen su enjundia con damas de postín, porque las señoras ya no se disfrazan, sino que se abanican bajo unos toldos que son sudarios de cadáveres exquisitos.

   La feria del Centro sobrevive gracias al feriante, al pueblo que no asume las directrices marcadas por los barrenderos o los burócratas Vips; y sobrevive porque somos así de independientes y sufridores los malagueños. Porque queremos vivir el Centro, aunque en el Real los cortesanos se abaniquen como pavos emplumados.



ROSA MARÍA VERA

lunes, 11 de agosto de 2014

DAR VIDA





DAR VIDA


Respecto al trabajo relacionado con la gente mayor podríamos utilizar una frase recomendada por la OMS: “No se trata de dar años a la vida, sino de dar vida a los años”.
   
La ley de Dependencia no sólo presta atención a aquellas personas con discapacidades físicas, psíquicas o intelectuales para realizar las actividades básicas de la vida diaria, sino que intenta paliar las carencias emocionales que conlleva el envejecimiento. La soledad, la baja autoestima, y la depresión son problemas derivados de ‘la gente mayor’ que tras su jubilación otean un horizonte muy negro, pensando en una muerte cercana y en una trayectoria sin objetivos por los que luchar.
   
   La vejez es un término muy relativo, “porque todos queremos vivir mucho pero nadie quiere llegar a viejo”. Una contradicción en una sociedad occidental que utiliza peyorativamente esta palabra como persona que ya no es “productiva”, y de ahí el apartamiento y la soledad del anciano al considerarse socialmente ‘inútil’. Una marginación que no es real si luchamos por reinsertar a nuestros mayores en una burbuja ilusionante de hacer cosas y ayudar al prójimo.
   
   Y ya que hoy existe la cuarta edad, que es aquella población que supera los 80 años, la Organización Mundial de la Salud propone que se considere “vieja” a aquella persona que no pueda llevar una vida independiente. Es decir, que si una persona cuenta con autonomía para desenvolverse por sí misma, la vejez sólo es un estado mental con achaques físicos propios de la edad. Porque con alegría de espíritu y buena disposición para vivir, podemos llegar a ser ancianos con dignidad, apoyados por una ley de Dependencia que protege a los más débiles.
   
   Dar vida a los años que nos quedan tras la madurez, será nuestra mayor victoria.


ROSA MARÍA VERA